El valor de las lágrimas

Un grito desesperado y cargado de inmenso amor llega del cielo a la tierra. La infinita misericordia que llora lágrimas de sangre.

Mensaje dado en Buenos Aires, Argentina, al Padre STEFANO GOBBI el 13 de octubre de 1981

A pesar de que el mensaje fue dado en 1981 tiene mucha relevancia en nuestros días.

"Todo el designio que ahora estoy llevando a cabo, entonces os fue revelado.

Entráis en el período de tiempo más difícil y decisivo. Vivís los últimos años de este siglo, en el que ya se ha desarrollado gran parte de la batalla entre vuestra Celeste Capitana y su Adversario.

Ahora estáis viviendo la fase conclusiva. Por esto os preparo cada día a vivir las horas más dolorosas en la confianza y en la oración.

Con el ansia y la preocupación de una Madre, que ve cuán grande es el peligro que corréis, os invito una vez más a volver a Dios, que a todos os espera para otorgaros su perdón y su amor de Padre.

Mirad con cuántos signos acompaño esta angustiada petición mía... Con los mensajes y las apariciones que realizo en muchas partes del mundo, con mis numerosas lacrimaciones, incluso de sangre, quiero haceros comprender que la hora es grave, que la copa de la Justicia divina está ya colmada.

Mi Corazón de Madre padece interiormente una herida, causada al ver que ni se cree, ni se tienen en cuenta estos signos extraordinarios.

¿Qué otra cosa puedo hacer por vosotros, mis pobres hijos, tan amenazados y expuestos al peligro?

En una extrema tentativa de salvación, os doy el seguro refugio de mi Corazón Inmaculado. De todas las partes del mundo os llamo con esta Obra mía, a entrar en el refugio con vuestra consagración.

Y tú, pequeño mío, conducido y llevado por Mí, ve a todas las partes del mundo a llevar a todos mi materna llamada.

Mi hora ha llegado.

Elevad al Padre un fuerte grito de imploración y de reparación.

Del Corazón divino del Hijo pueden descender ríos de misericordia sobre el mundo, que será renovado enteramente por la potente acción del Espíritu Santo, para que pueda resplandecer en él la gloria de Dios Padre."


En esta tierra el amor y el dolor van muy juntos. S. Juan de la Cruz nos decía: "quien no sabe de penas no sabe de amores". Y es por esto que Cristo en el Sermón de la Montaña nos dio como tercera bienaventuranza:

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" 

El dolor, si no eleva y sublima, abate y aplasta. Por eso no todo dolor y llanto es bienaventurado.

Las lágrimas que Jesús proclama bienaventuradas son las que de alguna manera se refieren al reino de Dios y se contraponen al reino del mundo. "Vosotros llorareis y gemiréis, y el mundo se alegrará" (Jn 16,20)

¿Cuales son las lágrimas bienaventuradas?

Los que lloran las propias caídas o los pecados del mundo; los que aceptan las penas como medio de purificación de sus pecados; los que se imponen penitencias para formar su alma en el dolor; los que sufren persecución y dolores por causa del reino de Dios y de su extensión; los que pasan sequedades, tribulaciones con paz; los que gimen por el amor de Dios y por el cielo; todos estos son los que derraman lágrimas que, en sentido evangélico, pueden llamarse bienaventuradas y por lo tanto recibirán divina consolación.

Santa Catalina de Siena, en su famosa obra El Diálogo, tiene un precioso capítulo sobre las diferentes clases de lágrimas, su valor y fruto. Esta Doctora de la Iglesia distingue hasta cinco clases de lágrimas:

Lágrimas malas, que engendran muerte. Son las que proceden del pecado y llevan al pecado: lágrimas de odio, de envidia o desesperación, proceden de un corazón desordenado y apartado de Dios.

 Lágrimas de temor por los propios pecados. Son las de los que se levantan del pecado por temor al castigo: el temor les hace llorar. Su motivación no es perfecta, pues no hay necesariamente arrepentimiento.

Lágrimas de los que, lejos del pecado, empiezan a querer servir a Dios; pero, privados de los consuelos visibles, lloran por verse con tanta incapacidad y tribulaciones.

Lágrimas de los que aman con perfección a Dios y al prójimo, doliéndose de las ofensas que se le hacen a Dios y compadeciéndose del daño del prójimo, en completo olvido de sí mismos.

Lágrimas de dulzura, derramadas con gran suavidad por la unión intima del alma con Dios. Son lágrimas de puro amor que derraman los santos en las mas altas cumbres de perfección cristiana.